MARCO TEÓRICO

Los cambios en la base económica del país, la or­ganización productiva y la distribución territorial de las empresas, en particular en el caso de farma­cias, implicaron giros profundos a nivel profesio­nal en cuanto a objetivos y funciones. En el caso del mercado farmacéutico la principal repercusión la tuvieron los químicos farmacéuticos: “este pris­ma ‘mercantilizado’ de la farmacia, según la opi­nión de un número no menor de farmacéuticos, es —precisamente— lo que ‘mató’ a la farmacia tradicional y el ejercicio libre de la profesión. In­centivos como ‘velocidad de rotación’, ‘premios por número de venta’, ‘ofertas de marcas propias’, que enfatizan la venta en función de factores co­merciales, por encima de objetivos sanitarios, son duramente criticados por desvirtuar la función cautelar de la farmacia en la dispensación. Más grave aún, que al desconocer el carácter esencial del medicamento, redujeron profesionalmente al farmacéutico a un rol meramente administrativo, marginándolo del mesón, que es un lugar donde sus conocimientos universitarios se facilitan para informar, orientar y aconsejar al enfermo sobre medicamentos” (Guzman Riveros, 2008)

Una de las primeras industrias en romper fronte­ras y transformar social y culturalmente el mundo occidental luego de la Segunda Guerra Mundial es la perteneciente al campo de la química y la farma­cología. Ejemplo característico es la introducción de los antibióticos, cuyos efectos sociales queda­ron de manifiesto en los cambios demográficos que experimentaron los países del Tercer Mundo, debido a que atacaron eficazmente enfermedades infecciosas. (Hobsbawm, 2002)

La industrialización de los productos farmacéuticos tuvo un impacto global que afectó a la farmacia en todos sus aspectos, marcando el inicio del fin de la botica tradicional, debido a que los medicamentos ya no se podían crear con recur­sos propios, ni a un nivel individual, como antes lo hacían profesionales químicos farmacéuticos: “Y si podían hacerlo, no las podían igualar ni en costos ni en calidad de presentación. No podían tampoco copiarlas, porque estaban patentadas por sus inventores, quienes poseían recursos no sólo para defender sus derechos, sino para promoverlas y publicitarlas, generando una competencia nueva nunca antes vista. En este nuevo contexto econó­mico, las farmacias fueron adquiriendo un rol más de distribuidores, que de productores” (Guzman Riveros, 2008)

Hoy, discutir sobre el mercado que envuelve a los medicamen­tos contiene una mirada escéptica, debido a las implicancias éticas de la mercantilización de nece­sidades humanas, posicionando al medicamento, social y culturalmente, como un objeto de consu­mo. Como consecuencia, se puede advertir prác­ticas cuestionables en los distintos actores sociales involucrados en el uso de medicamentos por parte de la población.

Las grandes farmacias son un centro de dispen­sación de medicamentos dirigido a un amplio público, cuya lógica es incentivar el consumo de medicamentos, más que restringirlo. En este lugar, el químico farmacéutico posee un conocimiento superior a la mayoría de los usuarios que compra medicamentos en estas empresas, por lo que el traspaso a fines poco claros y poco éticos, en un contexto de incentivo a la rentabilidad, se puede dar de manera cotidiana:
Una Química de este estudio comento: “…la parte administrativa es como cualquier ne­gocio, como si vendiéramos zapatos, trabas, no sé, cualquier cosa, y la parte administrativa es un negocio que tiene productos que son rentables y otros que no lo son. Entonces hay que compati­bilizar toda una parte que corresponde a medica­mentos, con la parte ética, con toda la parte co­mercial. O sea, si yo sé que dos medicamentos que tienen el mismo principio activo y uno me renta el triple, no me voy a quedar tranquila hasta vender el que me renta el triple”.

Actualmente, las decisiones en el proceso de dis­pensación de medicamentos en las grandes cade­nas de farmacia están influenciadas por los intere­ses personales de los profesionales químicos far­macéuticos y los auxiliares de farmacias, en estre­cha relación con los intereses promovidos por las instituciones que los contratan. Lo que existe hoy es una estructura económica y un arreglo de meca­nismos institucionales que permiten y promueven el énfasis comercial, en este caso el medicamento como un bien de consumo, comercializado, facili­tado al público y, en ocasiones, sin mayores restric­ciones de venta. En este contexto, el rol del quí­mico farmacéutico es limitado, a sabiendas de las implicancias éticas que esto significa, pues su éxito profesional depende de la priorización de aspectos administrativos por sobre los sanitarios. (Marín Toro, 2017)

En las farmacias de cadena, el “buen farmacéuti­co” es aquel que “vende más”, y es en este nivel donde es evaluado su desempeño; en un escenario ideal distinto, un “buen farmacéutico” sería quien restringe la venta de ciertos medicamentos o reali­za acciones de farmacovigilancia a un número de­terminado de usuarios de la farmacia, cuestiones vinculadas a un uso racional de los medicamen­tos (Organización Mundial de la Salud, 1985), Y con frecuencia los prescriptores reciben premios, comisiones por sus prescripciones o tienen interés porque fármacos de una línea específica sean dispensados. (Hodgking & Lanza, 1997).


Por el contrario, para cumplir las metas exigidas mes a mes, entran en juego una serie de disposiciones que limitan con la ética y la salud de la población, por la persecución de una favorable evaluación profesional. A pesar de las “buenas in­tenciones” para con el cliente, existe un compro­miso con la mantención del empleo. En lo con­creto, se pudo identificar una lealtad profesional divida en dos polos: en primer lugar con la institu­ción que los contrata y, en segundo término, con la dimensión “ética de la técnica” (Lolas, 2000). Para agravar aún más esta situación, constatamos el uso creciente de Internet que difunde propaganda para los consumidores, muchas de ellas asumiendo una forma menos explícita ya que intentan dar la impresión de que son instrumentos educativos o de información, objetivando promover la salud (Cabral de Barros, 2004), este aumento se explicaría por una prescripción indiscriminada y por la presencia de tráfico ilegal de fármacos. También se ha visto que el uso indiscriminado de este tipo de sustancias, ya sea con prescripción médica o sin ella, puede causar que los pacientes desarrollen adicción (O' Brien, 2005).

La aplicación de los conocimientos y técnicas de la evaluación económica al campo de los medicamentos permite centrar el análisis en el tratamiento de los problemas que plantea una adecuada prescripción, tanto desde el punto de vista de la efectividad en términos de salud, como de la eficiencia; es decir, de la obtención de un beneficio social a un costo razonable. La farmacoeconomía es, por lo tanto, una herramienta útil para medir los efectos que tienen las decisiones sobre los recursos disponibles y también a las posibilidades existentes para cuantificar el impacto, en términos de salud, de una intervención sanitaria (Collazo Herrera, 2004).

Los químicos farmacéuticos, al definir quiénes son como profesionales, sobre la base de sus compe­tencias técnicas y de la respuesta que ellos otorgan a las demandas sociales, destacaron tres roles:
1) profesionales de la salud (rol farmacéutico);
2) científicos (rol de químico)
3) y administrativos (rol de jefe técnico de farma­cia).
La sociedad posee necesidades y aspiraciones en diferentes ámbitos, cuyo progreso técnico requiere de la aplicación de conocimientos especializados de alto nivel de complejidad, y estos son respon­didos por los profesionales. En este caso, los químicos farmacéuticos están altamente especia­lizados, con un nivel de conocimiento complejo en relación con los medicamentos; sin embargo, las necesidades a la que ellos responden en el con­texto de las grandes cadenas de farmacias son de tipo administrativo, por sobre las de tipo sanita­rio o científico (Gyarmati, Browne, De la Barra, Goic, Gómez, & Guzmán, 1984).

Según la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas (PNSD), creado en 1985 para coordinar y potenciar políticas en materia de drogas en el marco de la Salud Pública, a evolución de los consumos de drogas constituye en cada país un fenómeno dinámico, condicionado por múltiples factores de carácter social y económico, con origen y dimensiones tanto internacionales, como nacionales y locales. En todos estos ámbitos territoriales, el impacto que tiene el consumo de las distintas sustancias psicoactivas continúa siendo elevado, tanto en términos de sufrimiento e incapacitación personal evitables, como de morbilidad, mortalidad, y otros costes sociales y sanitarios (Ministerio de Sanidad, 2009). La Organización Mundial de la Salud (OMS) define al uso racional de medicamentos como el empleo correcto y apropiado de los mismos, prescritos al paciente correcto de acuerdo a sus necesidades clínicas, a la dosis debida y durante un tiempo suficiente para lograr el objetivo terapéutico con el menor costo posible tanto para él como para la sociedad (Organización Mundial de la Salud, 2002).

El tema de la promoción racional de medicamentos ha sido objeto de reflexión por médicos, farmacéuticos, trabajadores de la salud, políticos, empresarios y hasta la propia población, y es que hacer un uso racional de los medicamentos constituye un reto, hoy día, no solo para los productores, prescriptores y dispensadores, sino también para la población que es, al final, la que decide el consumo de medicamentos. Numerosos estudios, tanto en países desarrollados como  subdesarrollados, describen variados factores que influyen en que se haga un uso irracional de los medicamentos, pudiendo citar la polimedicación, uso de medicamentos que no guardan relación con su diagnóstico o son innecesariamente costosos, el uso inapropiado de antibióticos, la automedicación irracional (Hogerzeil, 1998).

Desde finales de la década de los cincuenta, México ha desarrollado diferentes iniciativas sobre política farmacéutica nacional (PFN). La más reciente, "Hacia una política farmacéutica integral para México”, el documento cumple con su función de constituirse en un punto de referencia para crear una nueva PFN en México; sin embargo, hay aspectos que deben profundizarse: resulta limitada la perspectiva de los medicamentos desde la salud pública y desde el sistema de salud, y se consideran poco aspectos como los medicamentos esenciales y su uso racional, que deberían ser parte de los ejes centrales de una PFN (Leyva, Wirtz, Dreser, & Reich, 2006).

Un informe concluido recientemente por La Organización de las Naciones Unidas (ONU) alerta a las autoridades sanitarias de todo el mundo acerca del tráfico de drogas lícitas (medicamentos controlados) por las farmacias virtuales, que tienen como la principal forma de ataque los mensajes de correo electrónico. La Comisión Federal Farmacéutica se pronunció llamando la atención de que la venta de medicamentos es mucho más grave de lo que se imagina, pues además del tráfico, acumula otros graves problemas para la salud de la población.
Los usuarios de múltiples drogas, los ex pacientes que se vuelven dependientes y continúan usando los medicamentos incluso después de haber terminado el tratamiento, y las personas que por la comodidad de recibir productos en casa y a precios bajos son los objetivos de "cibertráfico" (Brandäo, 2004).

Hipnosedante es el término general para referirse al grupo de psicofármacos depresores del sistema nervioso central: tranquilizantes, sedantes y somníferos, los cuales producen sedación y a dosis más elevadas provocan sueño. Incluye benzodiacepinas, barbitúricos, antidepresivos y antihistamínicos entre otros. El grupo de edad que con más frecuencia acudió a urgencias por consumo inadecuado y exclusivo de somníferos y sedantes fue el de 36 a 40 años con predominio de mujeres respecto a hombres. La nacionalidad fue española en el 94,6% de los casos. El 4,6% de los sujetos estaban detenidos en el momento de la urgencia. Tres cuartas partes de las urgencias hospitalarias generadas por el consumo de sustancias psicoactivas se relacionaron con el consumo de al menos un hipnosedante (Rubio, Redono Martín, Ruíz López del Prado, Muñoz Moreno, & Velázquez Miranda, 2016). El uso de los hipnosedantes bajo prescripción y seguimiento médico está normalizado para el tratamiento de trastornos del ánimo y/o psiquiátricos. La automedicación supone un riesgo de tolerancia, dependencia y síndrome de abstinencia por retirada brusca del fármaco (Villa Alcázar, 2016).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) propone que, para el uso racional de medicamentos, es en primer lugar, establecer la necesidad del uso del medicamento; a continuación, que se rectifique el medicamento apropiado, la mejor elección, de acuerdo con los dictámenes de eficacia y seguridad comprobados y aceptables. Además, es necesario, que el medicamento se prescribe adecuadamente, en la forma farmacéutica, las dosis y el período de duración del tratamiento; que esté disponible de modo oportuno, a un precio asequible, y que siempre responda a los criterios de calidad exigidos, que se dispense en condiciones adecuadas, con la necesaria orientación y responsabilidad, y, finalmente, que se cumpla el régimen terapéutico ya prescrito (Organización Mundial de la Salud, 1985).

Por tanto, es requisito legal que se registre su venta y se controle su existencia en las farmacias comunitarias (Ministerio de Salud, 1984), los medicamentos de venta bajo receta retenida incluyen antibióticos, corticoides, psicotrópicos y estupefacientes. El uso de estos últimos, en particular, genera gran preocupación en la población por su potencial de abuso y dependencia (Monreal, Peroni, Morris, & Jalón, 2009). Según informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en todo el mundo más de 50% de los medicamentos se prescriben, dispensan y comercializan en forma inadecuada (Organización Mundial de la Salud, 2002).

Por esta razón el principal objetivo de este estudio es identificar la mala dispensación de medicamentos narcóticos, psicotrópicos y estupefacientes así como la venta sin receta de estos grupos de medicamentos conocidos mayormente como medicamentos controlados. De igual forma tipificar el grado escolar de los dispensadores en establecimientos que se dedican a la comercialización de medicamentos en la región.



Bibliografía

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